jueves 20 de marzo de 2008

El discurso de Obama

Barack Obama fue obligado a salir al paso a declaraciones radicales de su pastor, el reverendo de la Iglesia Trinitaria Cristiana de Chicago, Jeremiah Wright Jr. Lo hizo con un hábil discurso (I, II, III, IV), el mejor -dicen- hasta ahora, que terminó rebasando la dimensión de una simple respuesta a las palabras de Jeremiah, para convertirse en un dardo ardiendo dirigido con fuerza al corazón de la vida estadunidense: el racismo.

El impacto fue contundente y quien respondió primero y de manera clara él fue la juventud, presente de manera sorprendente en este proceso electoral, donde ha cudruplicado en algunas ocasiones su participación. Echando a andar su maquinaria-lenguaje electrónico-virtual, los jóvenes enviaron y recibieron mensajes de texto a sus teléfonos móviles, mandaron e-mails, visitaron blogs, y ahora exigen que se introduzca el tema del racismo al aula universitaria, y que se confronten dogmas y se valla al fondo de las cosas. Obama despertó una vez más, aunque en esta ocasión con mayor fuerza, el clamor popular, ante un tema lacerante.

Con cautela y en actitud conciliatoria con los vientos electorales, y hasta pudiera pensarse que de manera un tanto conservadora, Barack Obama plantea el anatema de Jeremiah como una actitud que pertenece a la generación de su pastor, con quien difiere en temas centrales como la hipótesis del complot del gobierno federal estadunidense en el trágico evento del 9/11, o la condena al pueblo estadunidense en su dicho, God Bless América. Lo que hace Obama en realidad es jalar el tema del racismo a la superficie del debate, por primera vez de una forma seria en este proceso electoral, y entrarle al espinoso asunto que tiene trabadas las relaciones sociales en el país.

Por eso, ¿debe discutirse a fondo el tema del racismo, tanto como el de la economía o la guerra en Irak? ¿O debe darse paso a la hoja y enfocarse en otros asuntos apremiantes?

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